Caminar en tierras ajenas: Observaciones, apuntes y memorias de un viaje

Este reportaje expone, en parte, la ruta de origen del trabajo de investigación En mis pies hay tierras ajenas: relatos de mujeres, memoria y desarraigo, elaborado en el año 2013 por Catalina Rodas Quintero y Hebert Rodríguez García, en el pregrado de Comunicación Social-Periodismo de la Universidad Pontificia Bolivariana, en el que se indagó por los efectos que deja el Conflicto Armado colombiano en una comunidad indígena en el Urabá antioqueño. Actualmente la investigación está en proceso para la publicación de un libro y ha sido expuesta en eventos académicos locales e internacionales sobre fotografía.

Catalina Rodas y Hebert Rodríguez

Fue a comienzos de junio de 2013. Aún éramos estudiantes del pregrado de Comunicación Social-Periodismo de la UPB y decidimos iniciar un viaje a Urabá, subregión del departamento de Antioquia, situada al Noroccidente de Medellín. La zona es reconocida por su posición geográfica, en la que el cruce de caminos facilita el comercio entre el Océano Pacífico y el Océano Atlántico y es un territorio de acceso a diferentes departamentos de Colombia como Córdoba y Chocó. Además, posee extensiones de tierra fértil, donde predominan las plantaciones de banano, piña, plátano y teca. Y por su abundancia en afluentes hídricos y pastizales, la ganadería extensiva se ha convertido en un negocio rentable. Bajo kilómetros de tierra están el oro, el platino y el coltán. Esto ha atraído a múltiples grupos armados que se han disputado el tránsito por estos corredores y se han enfrentado con las armas por el dominio del territorio y sus recursos, desplazando, masacrando e incinerando pueblos enteros.

Previo al viaje, habíamos conversado sobre nuestros intereses investigativos. Estaba esa fascinación por el campo y una preocupación por las consecuencias que traen los enfrentamientos armados en las poblaciones rurales. Queríamos retratar y relatar las historias de los campesinos que han sido afectados por el conflicto armado en Colombia, pero no queríamos incurrir en la imagen icónica del campesino antioqueño. Queríamos otras texturas, otros colores y Urabá lo ofrecía por su diversidad pluriétnica y multicultural.  Decidimos tomar un bus que nos condujera hasta Apartadó, uno de los municipios de la zona, donde nos reuniríamos con la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas, entidad gubernamental encargada de velar por la restitución de los derechos de quienes han sido afectados por el conflicto. Allí conoceríamos una historia contundente: treinta y tres familias de diferentes comunidades indígenas Embera Eyábida (hombres y mujeres que habitan el bosque)  habían sido desterradas y desplazadas en un periodo de seis años (1997-2002) de diferentes resguardos, a causa del asesinato de sus miembros y la incursión armada en sus territorios.

La soledad y el olvido

Colombia padece desde hace más de cinco décadas un Conflicto Armado Interno y el campo ha sido el escenario más recurrente para esta guerra. De los 1.141.748 km² de tierra que componen el territorio nacional, son muy pocos los rincones que no han visto transitar tropas de hombres armados, de las fuerzas regulares (Ejército) o irregulares, como las guerrillas (Fuerzas Revolucionarias de Colombia FARC, Ejército de Liberación Nacional ELN, Ejército Popular de Liberación EPL) o de grupos paramilitares (Autodefensas Unidas de Colombia AUC, Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio ACMM, Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá ACCU) o las bandas emergentes que actualmente mutan constantemente, y se forman de las disidencias de los grupos desmovilizados (principalmente paramilitares, aunque se ha comprobado que excombatientes guerrilleros también engrosan las filas). Sus actividades delictivas se basan en el tráfico de estupefacientes, pero al igual que los otros actores armados, buscan un dominio territorial que los legitime como la fuerza predominante.

En medio del fuego, la comunidad rural se ha visto enfrascada en esta lucha por el poder. Sus orígenes se remontan, incluso, desde las gestas independentistas de España, (1819-1831) en las que se marca un primer conflicto en la construcción de una Colombia como nación, hasta las guerras civiles más próximas (La Guerra de los Mil Días, disputada entre el 17 de octubre de 1899 y el 21 de noviembre de 1902), o el periodo denominado como La Violencia, donde se repartía el poder y el territorio de distintas formas –usualmente violentas- entre los dos partidos tradicionales del país: Liberal y Conservador. Aunque no es la única razón, la desigualdad en la tenencia de la tierra es un detonante para que la violencia reviva con actos cada vez más cruentos. El uso de la fuerza y el discurso del miedo han interrumpido continuamente la voluntad de poner fin al uso de las armas como legitimador ideológico y divide en dos partes opuestas, lo que se supone es benéfico para el país. El asesinato de políticos, líderes sindicales, civiles defensores de los derechos humanos, se ha convertido en un accionar recurrente para evitar el disenso y darle continuidad a la figura del opositor con la investidura de enemigo.

Los recursos naturales y la ubicación geoestratégica de Colombia frente al mundo son un común denominador para que los intereses económicos extranjeros (principalmente de Estados Unidos) incidan sobre los designios políticos del país, generen caos e impidan una reconciliación. El apoyo a los grupos armados (entrenamiento y financiación armamentista) es un factor recurrente en la historia latinoamericana que tomó fuerza durante los años de la Guerra Fría, y países como Cuba, principalmente, recibieron apoyo de la Unión Soviética para incitar a un cambio político (estaba la pugna comunismo versus capitalismo) y a través de los grupos guerrilleros se vio la oportunidad, luego de tener éxito la Revolución Cubana, de tomar el poder a través de la insurrección. Como medida reaccionaria, empresas multinacionales que influían en distintos territorios de Colombia, en compañía de ganaderos, terratenientes, políticos, narcotraficantes, empresarios, entre otros, decidieron financiar ejércitos privados que expulsaran las guerrillas de las inmediaciones de sus predios, lo que desató un conflicto en el que no sólo combatientes han muerto.

La pregunta que siempre surge es: ¿Dónde ha estado y está el Estado durante estos últimos sesenta años? ¿En qué lugar estuvo cuando las comunidades rurales (campesinos, comunidades afrodescendientes e indígenas) tuvieron que salir de sus territorios por la incursión de distintos ejércitos?

Mirar y caminar; convivir y retratar

Nuestra primera visita fue en julio, cuando en Urabá las lluvias lo cubren todo. Y luego regresamos varias veces, aún cuando habíamos dejado los salones de clase y el proyecto de grado había sido entregado y empezábamos a asumir la vida laboral y sus obligaciones. Dos años de trabajo de campo en total. Y nunca olvidamos ese camino a La Coquera; esa trocha de fango atravesada por ríos, quebradas y cumbres que transitábamos a pie, durante cuarenta minutos, con el equipo a espaldas, una vez desembarcábamos en un punto de encuentro conocido como Cuatro Esquinas, perteneciente al corregimiento El Reposo en Apartadó. Allí nos dejaba un Jeep Willys, un carro de carga, usado también como trasporte para pasajeros.

Así llegamos a esa comunidad empotrada en las laderas.

En principio, la tierra que pisábamos nos era ajena. Como había sido también para las treinta y tres familias indígenas que componen La Coquera. Salieron de Dabeiba, “porque los mataron”. Salieron de Mutatá, “porque nos amenazaron”. Salieron de Chigorodó, “porque nos desterraron”. Luego llegaron. Hablaron con el Gobernador de Las Palmas. Era el año 2002. Les prestaron la tierra: 80 hectáreas. Les prohibieron sembrar, edificar, cruzar el Río Zungo. Pero lo hicieron: sembraron, edificaron y construyeron una cancha de fútbol al otro lado del río. Cuando llegaron sólo encontraron palmeras, potreros y una casa grande. Una mayoría. Sólo comían coco –por eso La Coquera– hasta que la Alcaldía y la Cruz Roja les llevaron bananos.

Dormíamos en esa edificación en la que ellos se acomodaron cuando llegaron. Era amplia, de paredes de tapia, y allí operaba la escuela. Olía a orines y el suelo estaba cubierto de guano de murciélago. Sobre el piso-techo de madera, había filas de pupitres y mesas arrumadas. Y en una pizarra, olvidados, escritos en tiza del alfabeto Embera y totumas con cabuyas sujetas a los pilotes. Fue nuestro espacio durante dos años de visitas. Ahí pasamos las noches y parte del día, cuando el calor aprisionaba el caucho de las botas contra las pantorrillas y era necesario descansar. Ahí planeamos el relato que queríamos y discutimos las impresiones del día: lo que vimos y sentimos. Con una vela nos iluminábamos para escribir. Preparamos alimentos. Pocas comidas podíamos recibir -ellos dejan la carne a la intemperie, golpeada por el calor y el agua la toman del río –, unos cuantos sorbos o un trozo de carne, nos enfermarían. Con el tiempo conocimos los secretos: aquí velan a los muertos. Ustedes duermen donde está el diablo, decían. Conocimos las huertas y la importancia del fútbol. El liderazgo de la mujer y el papel de los maestros en la pedagogía de la madre tierra. Preguntas, muchas preguntas. Luego cercanía. Reconocimiento. Recorrimos los tambos e indagamos por sus historias. Conocimos su dolor. Una visita. Dos visitas. Unos meses. Varios meses. Un artefacto: la aparición de la cámara como herramienta de investigación.

La manera de mirar

Dentro de las reflexiones que tanto se plantean en la academia sobre el cubrimiento que hacen los medios y los periodistas al conflicto armado que se vive en el país, nuestra mirada apuntó a un plano distinto, a un encuadre en el que la sangre y las vísceras no primaran. Tampoco podíamos. No registrábamos un hecho coyuntural, inmediato; mirábamos hacia atrás, en un ejercicio de análisis sobre los hechos violentos que golpearon la historia de las comunidades y cómo modificaron su manera cotidiana de habitar un territorio, las dinámicas de relacionamiento con las gentes que son ajenas a su cultura y a sus tradiciones. Queríamos mirar el conflicto, desarmados. Apuntar con la cámara sin revictimizar ni usar el dolor como potencia sensible –creemos que la gente, a pesar de sus desgracias, debe exaltarse; se debe procurar por narrar su dolor con respeto y celebrar la decisión de seguir viviendo aun cuando todo su constructo simbólico y social parece derruido. Así lo pensamos, en principio y lo hemos querido mantener. Por eso el color de la vegetación y de sus ropas. Por eso los pies descalzos o con botas. Cada elemento del relato alimenta ese universo que ha desaparecido luego del destierro y el desplazamiento, pero a su vez, habla del estado actual, de la vida que siguió. Revisa, reconstruye, transforma. Construimos un espacio estético para que la angustia y la supervivencia, habiten. Para que aquel que mire se pregunte y si es debido, se conmueva.

Ahora hay otros caminos. Hacerlos visibles. Mostrarlos a ellos y a sus problemáticas. Es nuestro deber como periodistas. Nos impusimos esto desde antes de hacer la primera foto y la primer entrevista. Hemos visitado de nuevo a la comunidad a devolver el material que nos llevamos. Empezamos a socializar el proyecto. Escuchamos sus opiniones y las documentamos. Enviamos ponencias y actualmente participamos de exposiciones itinerantes en Medellín. Queremos reunir el proceso en la publicación de un libro porque sabemos que servirá para que en un futuro podamos decir: aquí está el documento como prueba de que el dolor estuvo y está. De que a pesar de ser nómadas algunos caminos no fueron elegidos, les fueron impuestos. De que, a pesar de la guerra, la vida prima.

Texto publicado originalmente en Revista Comunicación, ISSN 0120-1166, Nº. 33, 2015, págs. 93-100

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